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lunes, 23 de marzo de 2026

Virtudes y poderes de los cristales, V

La crisólita, el ónice y el jaspe


LA CRISOLITA


CRISOLITA

En la Antigüedad, la crisolita o el peridoto designaban también al topacio. Por otro lado, es probable que la historia legendaria del descubrimiento de esta piedra se refiera en realidad a un peridoto. Sin embargo, hoy en día, la crisolita, el peridoto y el topacio se consideran, cada uno, como una piedra distinta con virtudes y poderes también específicos, mientras que en la Antigüedad a menudo se las confundía.

La crisolita o, literalmente, según su nombre griego, la piedra de oro fue llamada así no tanto por su color verde-amarillo y su brillo, que bien evocaba al metal precioso, sino por el poder que se le otorgaba de aportar honor y gloria a quien la llevase. Fue también bastante apreciada como amuleto protector capaz de alejar los demonios y los seres maléficos.

En la Edad Media, época en que las creencias se relacionaban con fantasmas (existen numerosos y frecuentes testimonios de ello), cuando podían,ponían una crisolita cerca de la cama para alejar a los espectros.

Sus poderes y virtudes terapéuticas

Famosa por actuar contra las angustias nocturnas, los ataques de melancolía y apaciguar los espíritus enfermos o nerviosos, la crisolita se utilizaba también para para combatir el estreñimiento crónico, curar las úlceras y favorecer la cauterización y cicatrización en caso de heridas. Pero parece que se utilizaba asimismo, y sobre todo, para curar las enfermedades del corazón y vencer las fiebres: "una persona que sufra del corazón debe mojar una crisolita en aceite de oliva. A continuación pasará esta piedra por la parte dolorosa del corazón y sentirá un alivio. [...] Una persona febril debe calentar vino y luego sostener encima una crisolita. Los vapores se mezclan con el vino caliente, que el enfermo beberá en seguida. Pondrá la piedra en su boca durante aproximadamente una hora. Al hacerlo varias veces, podrá constatar un bienestar", según un escrito medieval de santa Hildegarda de Eibingen.

EL ÓNICE

ÓNICE

Su nombre procede del griego onyx, que significa "uña, garra", ya que esta piedra de destello brillante tiene una forma y un aspecto que recuerdan a una uña. Sin embargo, todo deja suponer que esta palabra griega deriva del sánscrito nakkàh, que también significaba "uña" y "garra". En efecto, en la Antigüedad, era apreciada en la India y en Persia, donde se creía que volvía invisible quien la llevaba. Pero fue sobre todo en la Edad Media cuando más se habló de ella. Citemos especialmente una piedra de ónice a la que se le atribuían virtudes curativas milagrosas y que se encontraba en la iglesia de San Miguel de la abadía Saint Albans, en el noroeste de Londres, en Gran Bretaña, donde reposan los restos del filósofo y político inglés Francis Bacon.

Sin embargo, por sus colores -puede ser negra, marrón o roja-, se creía qie podía ejercer una mala influencia y, concretamente, provocar conflictos y rupturas, sobre todo en las parejas pero también entre vecinos.

Sus poderes y virtudes terapéuticas

No nos sorprenderá saber que se suponía que tenía excelentes efectos sobre el brillo y la tonicidad de la piel, de las uñas, por supuesto, y también de los cabellos. Hacía maravillas para estimular el sistema inmunitario y así proteger de las enfermedades contagiosas. Por otro lado, era muy útil en caso de problemas oculares. "Cuando una persona tiene los ojos débiles o siente que se le está formando una úlcera en los ojos, debe verter vino bueno en un recipiente de cuero. Debe colocar dentro una piedra de ónice para que se limpie durante quince o treinta días. Luego la sacará dejando el vino en el mismo recipiente. Todas las noches, el enfermo debe mojar sus ojos con el vino. De esta forma se le aclararán y se le curarán", escribió santa Hildegarda de Eibingen.

EL JASPE

JASPE

Al contrario que el ónice, el jaspe era muy célebre en la Antigüedad. Encontramos la raíz etimológica de su nombre, en Mesopotamia, en el término acadio yaspû, de donde derivó el hebreo yaspeh. Se trata de una piedra opaca con muchas marcas coloreadas. Además de resultar un remedio milagroso, los poderes que se le atribuían eran numerosos. Así pues, se suponía que favorecía las visiones y los estados propios de los mediums, y que los mismos indios la utilizaban en los rituales de la lluvia. Se usaba, pues, comúnmente, tanto en la magia como en la brujería. Además, parecía proteger de todos los males y plagas de la naturaleza, pero también de los accidentes, de las heridas e incluso de las mordeduras de serpiente y de las picaduras de escorpión y de grandes insectos.

Sus poderes y virtudes terapéuticas

Parece que en la más remota Antigüedad y durante la Edad Media, el jaspe se empleaba para cuidar y curar casi todas las enfermedades. Debemos decir que Galeno, Dioscórides y Plinio el Viejo alabaron sus virtudes. Según ellos, sus efectos contra los dolores de estómago, de hígado, de riñones y de corazón, eran inmediatos. Sus virtudes resultaban estimulantes, tonificantes, cauterizantes, cicatrizantes, inmunizantes y calmantes. "Quien sienta venir los dolores en su cuerpo, en las costillas o en un lado, es decir, una artritis, que ponga un jaspe en dicha parte del cuerpo y que presione fuertemente hasta que se caliente, el mal desparecerá porque el buen calor y la virtud del jaspe apaciguan y curan estos dolores irregularmente fríos y falsamente calientes. [...] Quien se despierte durante la noche con palpitaciones en el corazón o a quien, durante el día, le importune un dolor en el corazón o en un lado, casi siempre se sentirá aliviado con una piedra de jaspe aplicada sobre la piel y en el lugar del corazón. [...] Una persona que tiene pesadillas a menudo debe poner una piedra de jaspe cerca de su cuerpo, de modo que todos los fantasmas y todos los engaños del diablo huirán y desaparecerán", así lo contó santa Hildegarda de Eibingen



martes, 17 de marzo de 2026

Virtudes y poderes de los cristales, IV

El ópalo, el ágata y la amatista


EL ÓPALO



ÓPALO

Su nombre viene del sánscrito upalah, que significa "piedra", y que ha dado en griego oppalios y luego en latín opalus. En castellano no se data esta palabra hasta el siglo XVII.

Fue, en primer lugar, en la India donde esta piedra resultó de gran estima por su brillo, su belleza y la fuerza protectora que se le concedía. Se atribuía a la Trimûrti, nombre que en sánscrito significa literalmente "que tiene tres formas", es decir la Trinidad hindú, compuesta por Brahma, el Creador; Vishnu, el Conservador: y Shiva, el Destructor. Los hindúes le concedían, pues, un poder divino.

Más tarde, los griegos y los romanos vieron también en ella numerosas virtudes. Existen muchas anécdotas relacionadas con esta piedra, la más preciosa de todas para los hombres de la Antigüedad. La anécdota más célebre nos habla de un senador romano llamado Nonius, que poseía un ópalo con un brillo azul incomparable. Ahora bien, también el fogoso Marco Antonio codiciaba dicha piedra, que deseaba con fervor ofrecer a la reina de Egipto, Cleopatra. Pero el senador optó por el exilio antes que ceder a la voluntad del político romano.

Por otro lado, sobre todo en Oriente, el ópalo tenía fama de guardar la virtud de potenciar el brillo y la tonicidad de los cabellos de las mujeres rubias y protegerlos del peligro del mal tiempo. Por eso, los apreciaban mucho y todas deseaban tener uno. Sin embargo, mientras en la Antigüedad esta piedra era célebre por los beneficios que aportaba, en Europa, en particular en la Edad Media, no sucedió lo mismo. Esta piedra tuvo fama de gema maléfica. Considerada por griegos y romanos una piedra que traía suerte, en cambio desde el siglo X se le llamó la piedra de las lágrimas y los joyeros la desdeñaron.

Sus poderes y virtudes terapéuticas

Sin embargo, el ópalo no carecía ni de atractivos, ni de poderes. Se creía concretamente que llevar un ópalo ayudaba a mantener la tranquilidad, a no dejarse atrapar por las emociones, volvía al individuo más confiado, más sereno y también más tierno. En cuanto a sus virtudes terapéuticas, son innumerables. En efecto, las creencias al respecto revelan que se supone que preservaba de las enfermedades cardíacas, las infecciones de todo tipo, los problemas oftálmicos y hepáticos, que estimulaba la capacidad cerebral, los presentimientos positivos, la reflexión, la meditación, la vista. La propiedad más evidente que dicha piedra parece albergar es la del sosiego del espíritu.

EL ÁGATA



ÁGATA

De esta piedra no podemos decir que sea rara, pues existe muchas variedades en todo el mundo. Contrariamente al ópalo, tuvo una excelente reputación durante toda la cristiandad, y no era excepcional oír a los obispos alabar sus virtudes. Entonces se creía que favorecía la longevidad y la obtención de riquezas. Su nombre, derivado del griego akhatês, designaba simplemente cualquier variedad de calcedonia. En la Antigüedad, los campesinos pensaban que llevando un ágata tendrían más oportunidades de obtener una cosecha abundante; esta creencia perduró durante mucho tiempo. Era frecuente ver un ágata colgando de la yunta de una carreta. Hoy en día, todavía está considerada la piedra de la suerte de los jardineros.

Pero hay otras creencias que tienen que ver con ella desde hace milenios.

Tal vez las más arraigada es la que le atribuye el poder de proteger del rayo a quien la lleve. En la Edad Media, se creía también que preservaba de los sortilegios, los demonios, los venenos así como de todos los males y desgracias provocados o generados por los autores de maleficios.

Sus poderes y virtudes terapéuticas

En la Antigüedad, el ágata tenía fama de curar y aliviar a cualquier persona víctima de una picadura de escorpión o de una mordedura de serpiente y ser contaminado por su veneno. Parece que, una vez más, esta virtud ha sussistido en la mentalidad de nuestros antepasados.

En efecto, en la segunda mitad del sigo XII, en plena Edad Media, santa Hildegarda, abadesa de Eibingen, escribía: "Cuando una araña u otro insecto pica a una persona y el veneno todavía no ha penetrado en la circulación de la sangre, hay que calentar mucho un ágata al sol o sobre un ladrillo ardiente. Una vez caliente, se coloca la piedra en el lugar del dolor. El ágata extrae el veneno. Hay que calentar la piedra de nuevo de la misma forma y luego mantenerla encima del vapor caliente del agua; en seguida se deja reposar la piedra durante una horita en agua caliente. Luego, se sumerge en dicha agua un trapo de lino, con el que se rodea el lugar de la picadura de araña. De esta forma la persona se curará".

Pero esto no es todo. El ágata gozaba también de la reputación de hacer milagros en casos de sonambulismo, parece que muy frecuentes en la Edad Media, ya que numerosos testimonios lo atestiguan. Leamos lo que escribió al respecto nuestra abadesa: "Una persona afectada de sonambulismo debe poner una piedra de ágata durante tres días en agua y tres días antes del trastorno mental, luego debe calentarse dicha agua sin la piedra poco a poco. Todos los alimentos consumidos  por el enfermo deben ser preparados con esta agua y en todas las bebidas se debe colocar una piedra de ágata. Esta práctica debe seguirse durante cinco plenilunios, de forma que el enfermo vuelva a su equilibrio y se cure, excepto si Dios no lo quiere."

LA AMATISTA


AMATISTA

Se trata de una piedra de cuarzo cristalino coloreado por el óxido de hierro, cuyo nombre posee ya en sí mismo todas las virtudes y poderes que se le atribuían en la Antigüedad.

"Amatista", en el sentido literal significa "el que no está borracho", viene del griego amethustos, cuyo origen etimológico se encuentra en el término, también el griego, methuien, que significa "emborracharse". En efecto, probablemente por el color violeta de esta piedra, que recuerda el color de las heces del vino, se le atribuía el poder de preservar a los hombres de la embriaguez o de curar a los alcohólicos.

Al igual que las creencias relacionadas con las virtudes y poderes del ágata respecto a las cosechas, las creencias que se relacionan con los efectos salvadores que produce sobre quienes beben alcohol todavía siguen presentes en la actualidad.

Pero éste no es el único encanto, ni mucho menos, que se atribuía a esa gema. En efecto, representaba también la autoridad bajo todas sus formas, especialmente y sobre todo, la autoridad eclesiástica, la humildad, la moderación, la pureza moral, la verdad y la nobleza de corazón.

Como vemos, se trata de grandes virtudes que le valieron a dicha piedra una buena reputación en la Edad Media y se recomendaba mucho llevarla.

Se confeccionaban también rosarios de amatista con poderes protectores y mágicos y los obispos celebraban a menudo la santa misa con copas con engastes de amatista.

Sus poderes y virtudes terapéuticas

Hay que saber que, en la Antigüedad, a menudo se designaba a una variedad violeta de zafiro con el nombre de amatista.

Por eso, numerosas virtudes terapéuticas atribuidas al zafiro pueden también aplicarse a la amatista. También actuaba como remedio milagroso para curar casi todos los males.

Sin embargo, es única en su género para poder preservar contra la embriaguez y curar a los alcohólicos de su debilidad.

Parece también que tuvo ciertas especialidades en sus poderes para proporcionar un sueño profundo, sin trastornos, para tranquilizar a los espíritus tumultuosos, para favorecer el equilibrio de todo el sistema nervioso, aun siendo un euforizante, un fortificante y un excelente estimulante para el sistema inmunitario.




martes, 10 de marzo de 2026

Virtudes y poderes de los cristales, III

El carbunclo, el zafiro y el diamante


EL CARBUNCLO


CARBUNCLO

Es un nombre que, ocasionalmente, se le da al rubí, ya que el brillo de esta piedra a menudo ha sido comparado con los destellos del carbón ardiente. En efecto, "carbunclo", o carbunculus en latín, significa pequeño carbón. En cuanto al nombre rubí, viene del latín rubeus, que significa "pelirrojo· o "rojizo".

Según una leyenda de origen indio, el corindón rojo, otro de los nombres del rubí, nació de la sangre de una maharani, es decir, la esposa de un maharajá, cobardemente apuñalada por un cortesano malévolo o una rival celosa.

Para los hindúes, Kshapanaka, el rubí, es asimismo uno de los nueve poetas de la corte del célebre rey antiguo, Vikramâditya, llamados las "nueve joyas". Es cierto que, durante la Antigüedad, esta piedra preciosa era muy apreciada por su brillo rojo y su belleza.

Así pues, los griegos hicieron de ella un atributo de Ares (Marte), el astro-dios de la guerra, precisamente por su color similar a la sangre y al fuego y, consecuentemente, relacionado con la vitalidad, la energía y la vida. Sin embargo, a pesar de su relación con Marte, al rubí se le atribuían virtudes más protectoras y benéficas que energéticas. Así como se creía que esta gema de fuego estimulaba o excitaba todavía más los temperamentos ardientes y apasionados, también se creía que tenía el poder de eliminar la melancolía, de suavizar las costumbres y los espíritus exaltados, de reforzar la pureza y la fidelidad de sentimientos, de volver a la persona enamorada y leal, de aportar un poco de sensatez y reflexión a aquél que carecía de ellas y, por último, de favorecer la felicidad y la prosperidad.

Este magnífico corindón se utilizaba como ornamento para las coronas y las joyas reales o los ornamentos dedicados a los santos. En cuanto al carbunclo en sí, aparece a menudo en los cuentos de hadas o cuentos de la abuela. En este caso está en el centro de un misterio y simboliza en sí mismo un tesoro inestimable que el héroe o la heroína encontrará después de un recorrido repleto de obstáculos.

Sus poderes y virtudes terapéuticas

Supuestamente, el rubí, hacía maravillas para calmar las fiebres, alejar los recalentamientos y las infecciones de la sangre, y especialmente, aliviar los dolores de muelas y de cabeza. "Cuando una persona sufre dolor de cabeza, debe colocar un rubí encima de su cabeza, durante algunos segundos, justo el tiempo que necesita para calentarse. A continuación, debe sacarlo porque su fuerza es tan intensa que penetra más rápidamente que cualquier crema. De manera que los dolores de cabeza desaparecerán. [...]. Cuando se utiliza correctamente el rubí puede eliminar todas las enfermedades infecciosas." (Extracto de las obras de santa Hildegarda de Eibingen.)

EL ZAFIRO


ZAFIRO

Ya la etimología del nombre de este otro corindón es de una gran riqueza simbólica. En efecto, viene a la vez del árabe, safir, y del griego, sapheiros, que estaría relacionado con el hebreo Sepher, el libro, Ophereth, que designaba a la vez el plomo y Saturno, y sappîr, la piedra azul, también en hebreo. Ahora bien, en la Biblia (Ezequiel 1,26) leemos que: "Por encima de la plataforma que estaba sobre su cabeza, tenía el aspecto de una especie de piedra de zafiro, una forma de trono como una apariencia de hombre, encima, hacia arriba". En este caso se trata de una alusión al hecho de que el trono de Dios podría estar compuesto de zafiros, tal como cuenta una leyenda judía según la cual las Tablas de la Ley, escritas por la mano de Yahvé y entregadas a Moisés, estarían hechas de piedras de zafiro. Por último, siempre según las leyendas judías, pero también las musulmanas, el famoso sello de Salomón era de zafiro.

Pero esta piedra preciosa no fue exclusivamente glorificada por los hebreos. Los persas también la honraban. Le atribuían poderes de inmortalidad y de eterna juventud.

Más cercanos a nuestro tiempo, por decirlo de alguna manera, a principios del siglo XIII, el papa Inocencio III, que por desgracia se hizo célebre por las cruzadas contra los albigense, decretó que los obispos deberían llevar desde aquel momento un zafiro en el dedo para protegerse de las malas influencias. Casi cuatro siglos más tarde, el papa Gregorio XV, que fue el precursor del decreto que regularía las formas y las reglas para elegir al sumo pontífice, hizo del zafiro la piedra oficial de los cardenales.

Sus poderes y virtudes terapéuticas

Aparte de que esta gema favoreciese la nobleza de corazón y de espíritu, las buenas costumbres, las cualidades morales y de que pudiese hacer feliz y valiente al que la llevase, tenía la reputación de alejar los malos espíritus y sortilegios, frecuentes y numerosos en la Edad Media. Pero no solo es esto, puesto que desde la Antigüedad, era la piedra-remedio milagrosa, que parecía curarlo casi todo. "Cuando una persona está excitada por la cólera, debe ponerse un zafiro en la boca y la cólera desaparecerá. [...] Cuando una persona desea mejorar su comprensión y su inteligencia, debe ponerse todas las mañanas, y en ayunas, un zafiro en la boca. [...] Cuando una persona tiene problemas visuales, debe coger un zafiro con la mano para calentarla. Luego debe tocar los ojos con esta piedra durante tres mañanas y tres noches. Así sus ojos se curarán. [...] Si alguien está impedido por culpa del reúma hasta el punto de no poder soportar el dolor, que ponga un zafiro en su boca y sus dolores cesarán." (Extractos de las obras de santa Hildegarda de Eibingen.)

EL DIAMANTE


DIAMANTE

¿Por qué el diamante siempre ha sido tan apreciado por la gente? Porque es escaso, misterioso, se esconde en lo más profundo de la tierra -hasta más de 150 km-,  está sometido a presiones y a temperaturas extremas que hacen que tenga una pureza inigualable, pero también porque posee una resistencia sorprendente. Así pues, es como se convirtió en símbolo de la pureza y de la perfección.

De ahí que todo lo que tiene que ver con la fe, la inocencia, la luz divina y las virtudes más nobles del espíritu y del corazón, siempre ha estado unido a esta piedra, la más bella de todas.

Tan lejos como queramos remontarnos, el diamante ha sido portador de virtudes benéficas y salvadoras. Proporciona la fuerza, la armonía, el amor, la rectitud, la lealtad, la fidelidad, la serenidad, la sensatez, la felicidad las riquezas, la firmeza y el poder absoluto.

Sus poderes y virtudes terapéuticas

Por supuesto, sus cualidades protectoras fueron también principales.
Aquélla o aquél que llevase un diamante se suponía que era casi invulnerable. Todo lo que que pudiera haber de maléfico o perjudicial en la naturaleza humana o en los fenómenos de la naturaleza, ya no le podría alcanzar. En cuanto a los efectos terapéuticos que se podían esperar de él, tampoco tenían límites. Al igual que el zafiro, y aun más que él, el diamante era una auténtica piedra milagrosa. Se creía que podía curar todos los dolores del cuerpo y del espíritu, y además proteger de las epidemias como por ejemplo la peste. El diamante, utilizado correctamente, podía incluso volver fecunda a una mujer estéril. Por último, también tenía la virtud de corregir las malas tendencias de los seres. "Cuando una persona es fanática, mentirosa e irascible, debe ponerse un diamante en la boca. El poder del diamante puede evitar tales defectos. [...] Existen personas malas y taciturnas. Desde el momento en que empiezan a hablar, tienen una mirada oscura y se enfadan en seguida, pero rápidamente entran en razón. Estas personas deberían ponerse también un diamante en la boca. El efecto de dicha piedra es tan fuerte que es capaz de ahogar la maldad que duerme en una persona." (Extractos de las obras de santa Hildegarda de Eibingen.)





sábado, 11 de febrero de 2017

La Rayuela. Un juego adivinatorio e iniciático


La rayuela es un juego ancestral de iniciación al conocimiento de uno mismo, de donde provienen el juego del laberinto, la petanca y el juego de la oca.

La mayoría de los juego para niños y juegos de salón, en un principio , eran adivinatorios e iniciáticos. En un mundo donde la razón, la lógica y la ciencia exacta son las que mandan, los principios adivinatorios e iniciáticos han sido relegados a las mazmorras, a un pasado  en el cual creemos  que reinaba  de forma absoluta el oscurantismo y las supersticiones en la mentalidad de los hombres. Ahora bien, históricamente, es un hecho que durante los 10.000 años que han precedido a nuestra época, todos los pueblos del mundo tuvieron alternativamente períodos oscuros e ilustrados.

LA ADIVINACIÓN, CIENCIA DEL POETA

Durante los períodos ilustrados, el espíritu de los hombres fue inventivo y creativo. La iniciación al saber y a los conocimientos  adquiridos cobraron todo su  sentido. No bastaba con aprender  para saber, había que comprender, experimentar, vivir, crear para conocer. Incluso si nos provoca alguna sonrisa hoy en día, el hombre iniciado de la Antigüedad era un poeta, en el sentido etimológico del término, que viene del griego poiêtês, que derivó en poiein, que significa «autor, creador, artesano, fabricante».
Para nosotros, el poeta no es más que un versificador o un escritor, que raramente puede vivir de su pluma y al que consideramos un dulce soñador, que vive lejos de la realidad material y tangible de este mundo. Pero para nuestros antepasados era un realizador, que solo podía serlo si había sido iniciado en el saber y el conocimiento, los cuales, por supuesto, revelaban el poder divino. No se concebía el conocimiento sin sabiduría. Y la sabiduría partía unida a la adivinación, la cual relacionaba lo divino en sí mismo y alrededor de sí mismo y favorecía la comprensión intuitiva de los gérmenes de los acontecimientos y las causas ocultas para poder ejercer el libre albedrío y la fuerza de voluntad.
En cambio, durante los períodos oscuros de la historia de la humanidad, este saber y conocimiento fueron mal utilizados por un pequeño número de seres malévolos, ávidos, codiciosos y tiránicos. Remontando el curso del tiempo, observamos que no han faltado impostores y usurpadores. Por desgracia, nuestra época no es una excepción. A veces, son los que tienen el poder. Entonces, un velo se tiende sobre el espíritu y la memoria de los hombres y éstos se oscurecen.

¿DE DÓNDE PROVIENE LA RAYUELA?

No se sabe de qué civilización viene, ya que no se conoce su origen exacto. Sin embargo, la estructura arquetípica, universal y astrológica de lo que hoy no es más que un juego de niños deja suponer que este juego iniciático nació en Mesopotamia. Pero debemos saber que su pista se encuentra en la India y que unos textos chinos demuestran su existencia 2.357 años antes de nuestra era. De manera que, al igual que la cruz o la espiral, por ejemplo, símbolos universales, encontramos la rayuela en tiempos muy anteriores a los nuestros y en todas las civilizaciones. No obstante, si creemos a Platón la rayuela nació en Egipto. En todo caso la rayuela griega, que se llamaba la kubeia, era de inspiración egipcia.
En Egipto se han encontrado numerosas figuras con casillas llenas de jeroglíficos. Según los textos egipcios, la rayuela la utilizaba el difunto para jugarse su destino en el laberinto del más allá.




RAYUELA Y LABERINTO

En efecto, en muchos aspectos, la rayuela nos hace pensar en el mito del laberinto. Tanto en la rayuela como en el laberinto, el jugador o iniciado debe encontrar la salida, que simboliza la vida eterna. El vencedor del laberinto puede regir su propio destino. Ahora bien, para vencer en el laberinto, no basta con encontrar la salida; además hay que encontrar el centro. Se trata de un juego metafórico, luego iniciático, y ello debe ayudar al jugador a tomar conciencia de que la liberación a la que aspira se encuentra en sí mismo, en el centro de su ser.
El jugador de la rayuela se lanza a una búsqueda similar: emprende un recorrido repleto de dificultades, durante el cual podrá conseguir un objetivo supremo, tendrá una revelación, si demuestra habilidad, perspicacia, resistencia e inteligencia más que fuerza o proezas físicas. Señalemos de paso que la mayoría de los cuentos de hadas, también relegados hoy en día al universo de los niños, proceden del mismo principio, casi siempre poniendo en escena un héroe o un antihéroe que, después de pasar mil y una trampas y pruebas, llegará a una especie de felicidad suprema o felicidad perfecta. Como podemos constatar todos los símbolos y mitos, y todos los soportes utilizados para transmitírnoslos, coinciden, se unen, se confunden y tienen una misma cultura y una misma visión universal de la vida, la naturaleza y el destino humano. Es todo lo que hemos perdido y que reencontramos cuando nos sumergimos en el universo regenerador de los mitos y símbolos. Estos últimos nos permiten entrar de nuevo en relación con nosotros mismos- ¿Quién puede presumir de amar al otro si no se conoce y se ama a sí mismo?
La rayuela es un juego iniciático en cuanto conduce al hombre a progresar, a avanzar de casilla en casilla, hasta que llega a su objetivo. No está hecho para permanecer tal como es. Siempre debe evolucionar. Éste es su destino. En Mesopotamia, en Egipto, en China, en la India, en Grecia y en Roma, y más tarde en toda la Europa medieval, eran los adultos los que jugaban a la rayuela. Al hacerlo se recordaban a sí mismos que los hombres sólo son paseantes, es decir, que están de paso por esta Tierra, pues tenían otro objetivo que conseguir, otra misión que cumplir, una puerta estrecha que encontrar.

En el centro del laberinto se encuentra la puerta de otro camino. Ésta es la puerta a la que hace alusión san Mateo en el Evangelio: «Estrecha es la puerta, angosto el camino que lleva a la vida y pocos son los que la encuentran». (Mateo 7, 13-14)

LAS REGLAS DE JUEGO DE LA RAYUELA

En la Edad Media, la rayuela ya no se jugaba sobre una mesa. Era más o menos similar a la que todavía juegan las niñas hoy en día.

Este juego se ejecutaba con una piedra que era lanzada sobre una figura geométrica. El jugador actuaba a modo de ficha. Debía saltar de casilla en casilla, a la pata coja, empujando la piedra que se suponía representaba su alma. Partía de la Tierra, para conseguir el Cielo, el Paraíso, vigilando no caerse en el pozo o en el infierno durante el recorrido. Pero no debía conformarse con avanzar a la pata coja. Estaba obligado a ciertas contorsiones y juegos de piernas complejos. En ningún caso la piedra debía pararse sobre una línea, ya que, de la Tierra al Cielo, no hay fronteras, ni zonas de demarcaciones, ni separaciones ni descanso. Al realizar su recorrido, el hombre practicaba su habilidad y desarrollaba así sus propias cualidades. ¿No es éste el fin último de toda vida humana?