miércoles, 28 de abril de 2021

La reencarnación a través de los tiempos: el budismo y el fin del deseo, del sufrimiento y de los renacidos

 

El deseo engendra sufrimiento. Abolir el deseo es eliminar el sufrimiento. Y cuando desaparece el sufrimiento se vence el deseo de renacer.


Cuando Buda nació en la India, en el siglo VI antes de nuestra era, la jerarquía de las castas se encontraba en pleno apogeo, con todas las desigualdades, injusticias sociales, económicas, humanas y los excesos que ésta conlleva. Algunas de ellas todavía existen actualmente.

En efecto, si aplicamos la ley de la transmigración de las almas de forma sucinta y esquemática a la vida social y pública de los hombres, haciendo intervenir las nociones de poder y privilegio, queda patente lo fatal de que se engendren desigualdades flagrantes, justificadas por creencias que algunos siempre han aprovechado para imponer sus leyes, sus deseos y satisfacer sus ambiciones, sin tener en cuenta las necesidades de los demás. En la India y en Asia, así como en Occidente y en todas partes, la corrupción de ciertas ideas potentes que pudieran aligerar el peso de la existencia de los hombres fue moneda corriente.

LOS 3 ELEMENTOS FUNDAMENTALES QUE RIGEN EL NACIMIENTO DE UN SER

No vamos a contar la vida de Buda, cuyo relato histórico se mezcla con la leyenda, sino lo que su advenimiento revela y aporta en las concepciones "reencarnacionistas", que tanto atraen a los occidentales  hoy en día.

Nos fijaremos primero en un punto concreto que, aunque a menudo se ha dejado de lado, nos parece de la mayor importancia en una época en que manipulando los genes de embriones humanos nos atribuimos el derecho de poder escoger incluso el seo del bebé que nacerá, esto cuando no nos planteamos generar seres con un patrimonio genético totalmente idéntico.

Así, según el budismo hay tres elementos primordiales que rigen el nacimiento de un ser: los embriones que, por una parte, son los espermatozoides y, por otra, los óvulos, pero todavía hay un tercer embrión del todo impalpable, y que ningún científico ha logrado aislar, y con razón. Este embrión invisible se considera, podríamos decir, un embrión kármico, es decir, portador de este conjunto de factores que determinan, o más exactamente, que en un ser determinarán las consecuencias, buenas o malas, según el caso, que deberá sufrir durante su próxima vida o reencarnación, a causa  de los actos, también buenos o malos, que cometió en el pasado en reencarnaciones anteriores.

De manera que si nos referimos a esta creencia Budista, inspirada en un mito hindú, se trata de un factor que siempre escapará a los genetistas: el gandharva, lo que aquí llamamos embrión kármico y que, en la India, primero fue entendido como divinidad reveladora de los secretos celestes y de la verdad divina.

Apsaras o divinidades femeninas

Originariamente, en la India, los gandharvas formaban un conjunto de divinidades, de las cuales no todas eran benévolas. Algunas podían ser demonios: "Así pues, los gandharvas, que a menudo se llaman los músicos celestes y su representación, con las apsaras (divinidades femeninas y ninfas celestes), en el cielo, por encima de los Dioses encarnados, tienen un papel complejo. Por una parte, bailan, cantan y tocan varios instrumentos para placer de los Dioses; son hábiles médicos y tienen cierta influencia en el movimiento de los planetas. Por otra parte, a menudo se les asocia con los peores asuras (demonios); emboscados en las palmeras, a veces se arrojan sobre los humanos y penetran en ellos, de manera que es extremadamente difícil practicar su exorcismo". cuenta el estudioso del hinduismo Jean Herbert.

Asuras o demonios

Como vemos , a partir de una creencia en ciertos espíritus, benéficos o maléficos, capaces de entrar en el cuerpo de un hombre o una mujer  en cualquier momento, pero sobre todo cuando estos últimos se sienten débiles y ansiosos por apoderarse de ellos -creencia que encontramos en todas las religiones de la Antigüedad y más antiguas todavía-, el budismo ha terminado por unirse a una especie de interventor misterioso que rige los renacimientos cada vez que un hombre y una mujer engendran un ser humano en la Tierra.

Según la doctrina búdica, se trata del mismo elemento que interviene en el instante de la muerte, separando los espíritus de la Tierra (que vuelven al Cielo).

LOS 4 PRINCIPIOS DE LA LIBERACIÓN DEL ALMA


Pero, siempre según esta creencia, el hombre está sometido al flujo de los renacimientos perpetuos y parece condenado a nacer, vivir, sufrir, morir y renacer hasta el infinito.

Para escapar a ello, valga la expresión, Buda enunció Cuatro Nobles Verdades, que enumeran 4 grandes principios,los cuales favorecen el advenimiento de la liberación del alma humana o del espíritu, que dejaría de ser condenado a verse arrastrado a la rueda de los renacimientos.

La primera Verdad es la llamada Duhkha o verdad del dolor. Demuestra que la vida en la Tierra es solamente una suma de sufrimientos e insatisfacciones: se sufre el día que se nace, se sufre por enfermedad y se sufre el día de la muerte. Nuestros cinco sentidos nos hacen sufrir, puesto que todos conocemos la privación, la falta, la separación, el hambre, la sed, el frío, etc.

La segunda Verdad es la que se llama Samudâya o verdad de la aparición del dolor. Revela que la causa de todos los sufrimientos se encuentra en el deseo, que busca satisfacciones, las cuales engendran nuevos deseos, y así sucesivamente en un encadenamiento interminable que condena a los seres al samsâra o ciclo de renacimientos.

La tercera Verdad es la llamada Nirodha o verdad del cese del dolor. Es la demostración de que la eliminación del deseo en todas sus formas pone fin al sufrimiento y a todos los sufrimientos humanos.

La cuarta Verdad es la llamada Ashtangika-Mârga o Noble Sendero Octuple, que los budistas llaman sencillamente la Vía o el Sendero y que da accesibilidad a los 8 caminos que permiten al hombre librarse definitivamente del sufrimiento.

Estos 8 caminos son:
  • la comprensión perfecta de las Cuatro Verdades Nobles,
  • el pensamiento perfecto o voluntad de renuncia y benevolencia,
  • la palabra perfecta o voluntad de no mentir nunca, 
  • la acción perfecta o voluntad de actuar bien y por el bien,
  • los medios de existencia perfectos o voluntad de no perjudicar jamás a los demás seres vivientes,
  • el esfuerzo perfecto o voluntad de cultivar en uno mismo lo que es sano,
  • la atención perfecta o voluntad de estar atento a todo lo que pasa en uno mismo, tanto en el propio cuerpo como en el espíritu,
  • la concentración perfecta o voluntad de recogerse.


miércoles, 21 de abril de 2021

La reencarnación a través de los tiempos: el hinduismo y la transmigración de las almas


Renacer eterna o infinitamente en la Tierra hasta que ésta desaparezca es un poco lo que propone la doctrina hindú.


En la India -una de las cunas de nuestra civilización junto con Sumeria, en Mesopotamia, y Egipto- es donde encontramos la más bella, la más inspirada y tal vez también la más antigua creencia en la reencarnación. Se concreta en la noción de samsâra, que significa literalmente "migración", y constituye el ciclo perpetuo, pero no eterno, de la vida, entendido desde el nacimiento al renacimiento, pasando por supuesto por la existencia y la muerte física.

De este  ciclo, según la doctrina  hindú, no escapa ningún ser viviente de la Tierra. Vida después de la vida, los hombres son sometidos a dicho ciclo mientras no son conscientes de que hacen uno solo con Brahmâ, dios creador del universo y de la vida, el equivalente de Yahvé para los hebreos, que no debemos confundir con "brahman", que es un principio de absoluto, una representación de lo que en Occidente llamamos el Todo, es decir, la Realidad suprema, inmutable, eterna y no dual, que no puede ser concebida ni percibida intelectual o racionalmente. Con el Aleph encontramos, de nuevo, un principio equivalente en la cábala.


LAS FUENTES DE LA CREENCIA EN LA TRANSMIGRACIÓN DE LAS ALMAS

¿Cuántos hombres y mujeres creyeron que no estaban en la Tierra por primera vez, que ya habían vivido y que volverían a vivir en ella? Es algo que nos cuesta imaginar. Y sin embargo, como siempre en la historia de la humanidad, en la que casi siempre todo se explica de forma sencilla, hubo un acontecimiento, una  circunstancia, un fenómeno que se produjo en algún momento y que fue el origen de las bases mismas de esta creencia.

En efecto, nuestros antepasados siempre tuvieron buenas razones para creer en ello.

Al preguntarnos sobre el tema, de entrada observamos que la noción de karma -es decir, el acto físico o psíquico, siempre según el hinduismo-, tal como nosotros los occidentales la percibimos y tal como fue integrada en nuestra interpretación de la transmigración de las almas y en nuestras propias creencias en la reencarnación, no tiene nada que ver con la admitida en la India.

De manera que el karma, en sus orígenes, no estaba en absoluto relacionado con eventuales renacimientos. En los Vedas no se hace ninguna alusión a la reencarnación ni al ciclo del nacimiento, de la vida, de la muerte y del renacimiento. Ahora bien, los Vedas son los textos más antiguos de la India arcaica. Los primeros datan aproximadamente del año 1600 antes de nuestra era. Los 7 Rishis, es decir, los videntes, visionarios, profetas, santos y poetas que, según la leyenda mítica hindú, tuvieron la revelación de los Vedas y fueron sus autores inspirados, componían los himnos y los mantras de los Vedas -nombre que, en sánscrito, significa "saber, doctrina sagrada".

Al mismo tiempo, en Sumeria aparecían los primeros tratados adivinatorios y nacía la hemerología, es decir, la adivinación a través del calendario de días fastos y nefastos, y los egipcios colocaban las bases del Libro de los muertos, el libro sagrado de todo el antiguo Egipto. En estos primeros textos sagrados de la India, pues, el karma se considera el acto o conjunto de actos que se cumplen, de los cuales derivan, evidentemente, consecuencias inevitables. Pero en ningún sitio se hace mención al "precio a pagar", según la noción tan apreciada por los occidentales.


En realidad, habrá que esperar hasta el siglo VIII antes de nuestra era aproximadamente, es decir, casi ocho siglos, para presenciar la aparición de un nuevo principio: el encadenamiento de causas y efectos que producen los actos p, si se prefiere, el hombre y sus actos, que hacen uno solo. Aunque celebre sacrificios a los dioses y se aplique mil y una penitencias, la causa produce em él el mismo efecto, nada cambia jamás. ¿Si los dioses no pueden hacer nada para salvar al hombre, quién sino él mismo podrá hacerlo obrando, actuando y comportándose de manera que pueda abandonar este ciclo infernal e infinito de nacimiento, vida, muerte y renacimiento?

Pero fue sobre todo entre los siglos V y II de antes de nuestra era cuando los poemas de la Bhagavad-Gita o el "canto del bienaventurado señor" -el texto que podemos considerar el equivalente a los evangelios de los cristianos para los hindúes- revelaron e hicieron popular un principio filosófico esencial en la creencia en la reencarnación: no son los actos  mismos los que obligan al hombre a nacer, vivir, morir y volver a nacer infinitamente, sino el apego de éste a sus propios actos. Por eso, para liberarse del apego a sus actos y salir del samsâra o de la migración de las almas arrastradas hacia la rueda de los renacimientos, el hombre debe alcanzar el samâdhi, un estado de conciencia superior que puede obtener concentrando su espíritu sobre un objeto con el cual se identifica. Sin embargo, para los hindúes, esta concentración no se mueve por una voluntad activa con el fin de fijarse en un punto concreto. Se trata más exactamente de un estado de fusión natural entre el hombre y el objeto en cuestión, que no forman sino uno solo. Por ello, el ser que actúa a partir de una necesidad vital y natural, que hace lo que debe o lo que se debe hacer en el momento oportuno y adecuado, sin fijarse ni apegarse a sus actos -así como el viento tiene la propiedad de soplar, la lluvia de caer del cielo, los ríos de fluir hacia el océano, el Sol de brillar y la Tierra de girar, por ejemplo-, es samâdhi, según los hindúes. Samâdhi es, pues, una especie de perfecto estado de ósmosis.

 NOSOTROS Y LA REENCARNACIÓN

Por tanto, cuando tendemos tan a menudo a creer, a esperar, a querer otra vida, una siguiente vida sobre la Tierra, cuando estamos tan dispuestos a contar historias, aventuras y desventuras de nuestras vidas anteriores, en que nos imaginamos, evidentemente, en situaciones más bien agradables, o en la piel de personajes más bien simpáticos o que destacan, estamos totalmente fantaseando.

Puesto que, según la doctrina hindú. nacer, morir y renacer forman juntos un ciclo infernal que debemos más bien considerar un castigo, no un regalo. Es un regalo de la vida en la medida en que se nos está dando la oportunidad de salir de tal círculo. Pero "manosearlo" deja ver la ignorancia de quien lo hace, y esperar o querer renacer se considera una locura.

Solo aquellos que tienen una misión que cumplir en la Tierra, la de abrir los ojos de los ignorantes, pueden disfrutar del hecho de renacer. Los demás son prisioneros que adoran sus propias cadenas.

miércoles, 14 de abril de 2021

La reencarnación a través de los tiempos: de la Antigüedad a la Edad Media

 

De la creencia en la reencarnación a la fe en la resurrección, los hombres de la Antigüedad siempre creyeron en la inmortalidad del alma.

En una época en la que los medios  tecnológicos que posee la medicina moderna deberían permitir a esta última, y a los que supuestamente la encarnan o la utilizan, ser más humanos que nunca, atentos, benévolos y comprensivos, al mismo tiempo nos damos cuenta de que, a fuerza de querer combatir la enfermedad y la muerte, acabamos olvidando que es el hombre quien está enfermo, sufre y muere, no unas entidades abstractas y externas a la vida del hombre, sino que son parte integrante del mismo ser y de la vida. Así, plantearse la reencarnación no tiene nada de absurdo. Al contrario, es una buena manera de enfocar la muerte, por decirlo de alguna forma, o más exactamente, desde otra perspectiva, de enfocar lo fatal para todos nosotros. Tenemos el derecho de preguntarnos por qué un fenómeno tan vital -sin pretender hacer ningún juego de palabras-, inevitable, en todo caso, común a todo el mundo, al igual que muchas otras necesidades vitales, a las que están obligados a someterse toda mujer y todo hombre, se tiene en tan mal concepto, es tan incomprendido y mal integrado en nuestras sociedades modernas, aunque no está precisamente oculto. Nuestros antepasados se plantearon la misma pregunta, pero en primer lugar la abordaron, como siempre, intentando encontrar respuestas coherentes y en armonía con la naturaleza, su naturaleza, su historia y su vida. Y cada vez que se enfrentaban con lo desconocido o se encontraban en la frontera entre lo que podían dominar y lo que superaba su entendimiento, utilizaban la magia, los dioses y las fuerzas secretas de la vida. Los ritos y rituales que hoy atribuimos irónicamente a supersticiones de un tiempo pasado, oscuro e ignorante, en aquel tiempo servían de exorcismos o catalizadores de sus pasiones, tensiones y angustias.

La muerte siempre ha enfrentado al hombre con lo totalmente desconocido, con lo inexplicable y, consecuentemente, con el vacío, la nada y, por supuesto, las angustias irracionales e irreprimibles, que estas perspectivas y conceptos provocan en él sin pretenderlo. Al afirmar que a la naturaleza le horroriza el vacío, el hombre se ha identificado con ella, ya que es él mismo quien no soporta la sola idea del vacío. Entonces, de una forma u otra, hubo que dar vida a la muerte. ¿Y qué mejor medio para volver la muerte más real, más accesible, menos aterradora, que sacralizarla, concederle un ritual, incluso darle un nombre, un rostro, personificarla y divinizarla, e incluso situarla en el espacio y en el tiempo?

DE LA REENCARNACIÓN A LA RESURRECCIÓN

Así pues, desde la Antigüedad hasta la llegada del cristianismo,el concepto de la supervivencia del alma y de la vida eterna, de otra forma de vida distinta a la que se conocía en la Tierra y que se prolongaba más allá del umbral de la muerte, de donde nadie había vuelto físicamente -evidentemente, existen otros testimonios de la supervivencia del alma y del espíritu, pero no es a éstos a los que nos referimos en este momento-, ha evolucionado poco a poco, desde la noción de reencarnación hasta la de la resurrección, tan utilizada por los cristianos.

De manera que, para los chinos de la Antigüedad, el hombre poseía dos almas. Hun, la primera, era un principio celeste. Volvía, pues al cielo después de la muerte. Po, la segunda, era esencialmente terrestre. Volvía a la tierra. Los egipcios daban a la supervivencia del alma una interpretación bastante similar,puesto que, según ellos, después de la muerte física, el ka, el doble,la sombra o el espíritu difunto, se separaba de ha, el alma, que se representaba en forma de pájaro, cuya cabeza era sustituida por la del muerto. El ka volvía, pues, a la existencia física y material, mientras que el ha volaba hacia el otro mundo. Pero, tanto uno como otro, eran eternos.

Según los sumerios de Mesopotamia, después de la muerte, el difunto permanecía en Kur, la montaña o el país extranjero, que era de hecho el reino de los infiernos, donde llevaba una existencia muy parecida a la que tenía en la Tierra, pero donde debía vencer a siete dioses infernales para poder seguir viviendo tranquilamente. Más tarde, los caldeos, que hicieron de la astrología un verdadero culto religioso, creían que el alma del difunto tenía que superar siete pruebas en las siete esferas planetarias, antes de acceder a la vida eterna. Sin duda, fue inspirándose en el Kur de los sumerios como los hebreos imaginaron el Schéol, al cual se refiere el Libro de Isaías (XIV, 9-11) y los Salmos (Ps. 88, 6). Sin embargo, al contrario de los habitantes de Mesopotamia, no creían en la inmortalidad del alma, excepto los cabalistas, que según la idea del gilgoulim, se planteaban una revolución o un retorno de las almas.


En cambio, los griegos sí creían en ella. También inspirándose en el Schéol de Israel y en el Kur de Sumeria, hicieron del Hades el lugar donde todas las almas iban a parar hasta que, tal vez bajo la influencia hindú de creencias en la reencarnación, en el siglo VI antes de Jesucristo apareció el mito de Orfeo, que ejerció seguramente una profunda influencia en el cristianismo primitivo. Según este mito, por amor a Eurídice, su esposa difunta y, por consiguiente, prisionera de Hades, Orfeo descendió a los Infiernos con el fin de liberarla. Después de haber superado muchas pruebas, lo consiguió. Así, simbólicamente, Eurídice puede considerarse una representación del alma de Orfeo, a quien salvó de la muerte por amor. A partir de este mito, se constituyó toda una teología y nació en Grecia una verdadera religión iniciática: el orfismo. Luego vino la Resurrección de Cristo en Pascua, que se convertiría en uno de los fundamentos del cristianismo. "Si no hay resurrección para los muertos, tampoco Cristo ha resucitado, entonces nuestra proclamación está vacía y vacía también vuestra fe", dirá San Pablo en la Primera carta a los Corintios (1 Co 15, 13-14). En efecto, resurrección deriva del latín resurgere, que significa "resucitar". Al levantarse de entre los muertos, Cristo se libra de la muerte y encarna la llegada de una vida nueva.



miércoles, 7 de abril de 2021

La reencarnación. Historia y postulados

 

¿Nacer o renacer? He aquí la cuestión, podríamos decir. Buscando comprender de dónde viene el alma, sabremos quizá si ésta vuelve y adónde va...


Sobre todo en la India, la creencia en la transmigración de las almas está muy extendida, hasta el punto de haberse convertido en una verdadera doctrina. Muchas culturas, entre las cuales se hallan las de los antiguos griegos, los primeros cristianos y los gnósticos, fueron sensibles a este asunto. Se encuentran alusiones al respecto en las obras de Pitágoras, Platón y Plotino. No obstante, los pueblos de Mesopotamia -sumerios, acadios, caldeos, hebreos,etc.-, eran demasiado pragmáticos y realistas, y con una interpretación de la existencia humana muy fatalista, como para creer en una supervivencia del alma y en su posible reaparición bajo una nueva envoltura carnal. Así mismo, si bien los egipcios creían con certeza en otra vida después de la muerte -El libro de los muertos, las tumbas de los faraones y los ritos realizados en Egipto son pruebas  tangibles de ello-, en sus creencias nunca aludían a una nueva manifestación del alma en otro cuerpo. Por lo tanto, fuera de los sistemas elaborados por el hinduismo, por una parte, y por el budismo, por otra, no existe ninguna reflexión seria y profunda que se base en el principio de la reencarnación. Cierto es que por dondequiera que se escuche, se cuentan y se revelan testimonios, relatos o anécdotas a partir de las cuales podrían elaborarse hipótesis relativas a dicho principio. Pero en ninguna parte encontramos, como en la India o en el Tibet, una convicción profunda y serena, referida a apariciones en la Tierra de la misma alma a lo largo de los siglos y de los milenios.

LOS POSTULADOS DE LA REENCARNACIÓN

La creencia en la reencarnación implica el planteamiento de ciertos postulados. En primer lugar, hay que creer en la realidad del alma, considerarla como una entidad más o menos autónoma, que podría existir sin el cuerpo o fuera de él. Por lo tanto, se trata de creer en su supervivencia después de la vida sobre la Tierra y tras la existencia corporal. También se trata de creer en un lugar donde el alma prosigue su evolución, donde se encuentra a la espera de una envoltura carnal. A continuación, se hace necesaria la creencia en un principio según el cual, en la vida intrauterina o en el instante mismo del nacimiento, se produce un fenómeno que favorece la impregnación de un alma (un ánima) en un cuerpo para darle vida, es decir, para animarlo. De este modo, ya que todo esto debe tener un sentido, una justificación, una razón de ser, hay que creer en el destino del alma y, por lo tanto, postular que nada se pierde ni nada se olvida totalmente y que, de este modo, el alma reencarnada tiene la misión de realizar una tarea determinada y debe someterse a unas pruebas que le permitirán acceder a un nivel de evolución o de consciencia superior. Resta un último postulado: la trascendencia  del ser cuya alma es potencialmente capaz. Resumamos estos seis postulados, que hemos de tomar en consideración si queremos entender los criterios de esta creencia:

  1. El alma existe.
  2. El alma sobrevive después de la muerte del cuerpo físico y fuera de él.
  3. Existe una especie de purgatorio, de lugar donde van las almas que han dejado el cuerpo físico y donde se preparan para una nueva reencarnación.
  4. Una misma alma reaparece en un nuevo cuerpo. Incluso puede producirse este fenómeno numerosas veces, a lo largo de los siglos y los milenios.
  5. El alma memoriza las experiencias que ha vivido durante sus diferentes reencarnaciones. Por tanto, existe una tarea, una misión, un destino para cada alma.
  6. Las reencarnaciones sucesivas de una misma alma en diferentes cuerpos tiene un fin; pues éstas solo son pretextos para elevar al alma a un nivel de consciencia superior.


Sin embargo, todo esto no responde a otras preguntas esenciales que nacen evidentemente de tales principios. Éstas son: ¿de dónde viene el alma? ¿Es eterna? Y, en caso de una respuesta afirmativa, ¿por qué y cómo lo es? ¿Según qué criterios deja de reencarnarse? Cuándo ya no necesita reencarnarse en un cuerpo físico, ¿qué hace, y a dónde va?

Iremos viendo cómo los hinduistas y los budistas justificaron tales postulados y respondieron a estas preguntas, y también cómo algunos testimonios, ajenos a estas religiones, coinciden a veces con ellas.

UNA BREVE HISTORIA DEL ALMA

La creencia en la existencia del alma es sin duda muy antigua. Coincide con la creencia en un más allá, que sobrentiende la idea de la supervivencia del alma después de la muerte del cuerpo, es decir, de una parte que no muere del todo. Nuestros antepasados neandertales, hace aproximadamente 80.000 años, acostumbraban a entregarse a unos ritos funerarios más o menos elaborados, por lo cual puede decirse que "creían ya en algo, en cualquier otra parte...". Más cerca de nosotros, podemos leer en el antiguo catecismo de la doctrina cristiana esta definición sibilina, que podríamos considerar moderna, de la existencia del alma: "El hombre es un animal racional constituido por u alma y un cuerpo".

¿PODEMOS CONOCER NUESTRAS VIDAS ANTERIORES?

Que el alma se reencarne implica, evidentemente, que antes ha estado encarnada. ¿Podemos, debemos y, en caso afirmativo, descubrir y conocer nuestras vidas anteriores? ¿Se puede hacer?

Sí, afirman algunos mediums, los cuales pretenden poseer el poder o el don de leer en el gran libro de las almas, de ver, de revelar bajo hipnosis, normalmente, las sucesivas manifestaciones de tal o cual alma. Un método astrológico permite también, con la ayuda de una carta astral, examinar de dónde viene el alma de la persona interesada, adónde va y cuál es su cometido. Se trata de la astrología kármica que últimamente está experimentando un gran éxito y cuyo principio se basa en la teoría de los nodos lunares y de los planetas retrógrados.

¿Debemos averiguarlo? Esta pregunta debe ser respondida por la conciencia individual y la elección personal de cada uno. Pero cabe recalcar que una interpretación de la vida en la Tierra puede conducir a ciertas personas, psicológicamente más frágiles que otras, hacia un fatalismo, un abandono, un dejarse llevar, que se opone a las verdaderas creencias en la reencarnación y a las lecciones de vida que los verdaderos creyentes obtienen de ellas.


miércoles, 31 de marzo de 2021

El espiritismo

 

El espiritismo es una disciplina y una doctrina basada en el principio del arte de los médiums, elaborada por Léon Denizard Rivail, verdadero nombre de Allan Kardec, que a su vez se basa en dos postulados: la inmortalidad del alma y la comunicación entre muertos y vivos.

En 1857, Allan Kardec publicaba El libro de los espíritus, que tuvo una gran y profunda resonancia. Esta obra contó con partidarios incondicionales, como Charles Baudelaire y Camille Flammarion -así como Napoleón III, que recibió al autor varias veces en el palacio imperial-, y opositores encarnizados, como el erudito Pierre Larousse y el cardenal obispo de Barcelona, quien, en 1864, solicitó que la Sagrada Congregación del Índice de libros prohibidos por el Vaticano condenara todas las obras publicadas por el fundador de la doctrina espiritista. Como se ve, en el siglo XIX, abordar el tema de la pervivencia del alma y de la comunicación con los espíritus conllevaba la provocación y el tabú y desencadenaba pasiones. Sin embargo, la hostilidad de los racionalistas y los católicos no pudo detener el éxito popular, que iba en aumento, de la obra de Allan Kardec, el cual era no en vano pedagogo y que, por otro lado, escribió obras prácticas dedicadas a la enseñanza de la aritmética y de la gramática, poniéndolas al alcance de todo el mundo.

Kardec fue autor de dos obras completas y detalladas, un verdadero método para el uso de quienes creían en la inmortalidad del alma y deseaban entrar en contacto con los espíritus.

EL ESPIRITISMO, UNA FILOSOFÍA ESPIRITUALISTA

Las dos obras de Allan Lardec, El libro de los espíritus y El libro de los médiums, escritos en forma de pregunta-respuesta, no hacen referencia a ninguna doctrina religiosa concreta. Sin embargo, están impregnadas de una creencia inquebrantable en el más allá y en la reencarnación, así como en la existencia de una fuerza divina superior y una fuerza divina superior y una voluntad intrínseca -y, podríamos decir, instintiva- del alma de elevarse hasta ella.

Por eso, Allan Kardec subraya una progresión constante del alma durante sucesivas reencarnaciones y, también, la existencia de una certera solidaridad entre las almas encarnadas y desencarnadas.

Así pues, según él, debemos entrenarnos para que los espíritus de los difuntos y de los vivos en la Tierra se comuniquen a veces entre ellos.

Sin embargo, sus obras están llenas de alertas. Siempre según él, tanto si están en este mundo como en otro, las simpatías y antipatías entre ellas subsisten. Asimismo, los espíritus no son especialmente buenos por naturaleza.

Algunos de ellos pueden revelarse, sino despreciables, al menos malsanos, maquiavélicos o enfermos.

Allan Kardec da consejos prácticos para entrar en comunicación con los espíritus, pero insiste en las precauciones que hay que tomar para no dejarse engañar, desorientar, manipular, ilusionar por espíritus traidores o por visitas del propio espíritu. Al hacerlo, denunciaba a todos los curanderos e ilusionistas que campaban en su tiempo en ese terreno y, evidentemente, siguieron campando después de él.

Leyendo estos dos libros, se tiene el sentimiento de que la comunicación entre los espíritus no se puede establecer sin una preparación psicológica y moral que parece pertenecer al ámbito de la iniciación espiritual.

Allan Kardec definía espiritismo como una filosofía espiritualista.

Precisemos que su obra y su acción, mientras él vivió, nunca adquirieron un carácter sectario.

Allan Kardec

No tenían como objetivo reunir hombres y mujeres totalmente convencidos, los cuales, en su vida social, no encontraban las referencias, los apoyos y las aclaraciones necesarias para vivir y evolucionar, para formar un grupo, un clan o secta como sucede hoy en día.

Todo lo contrario, de la filosofía espiritista de Allan Kardec se desprende una apertura de espíritu, una tolerancia, una benevolencia que anula todas las barreras mentales o ideológicas que, casi siempre, además de volverles egoístas , dirigen a los hombres unos en contra de otros.

RESUMEN DE LOS PRINCIPIOS DE LA FILOSOFÍA ESPIRITISTA DE ALLAN KARDEC

El alma existe. Incluso preexiste. Es el principio primordial, origen de la vida. Sin ella, pues, la vida no existiría. El cuerpo solo es el envoltorio que toma prestado para manifestarse. Mientras que la vida  corporal o carnal cambia con la edad y muere, el alma nunca muere. El alma subsiste. Retoma su forma original. Pero conserva los frutos de las experiencias vividas durante su encarnación a través del pensamiento y se transforma.

El destino del alma es convertirse en Espíritu puro. Antes de alcanzar este grado de evolución, a medida que sus encarnaciones terrestres van teniendo lugar, adquiere, evidentemente, aptitudes, conocimientos y experiencias. El alma puede, entonces, compararse con la corteza de un árbol o con la corteza terrestre, que se constituyen de diferentes capas, cada una de ellas correspondiente a un período de la vida del árbol o de la Tierra. Por eso, ya no se trata de un alma, sino de varias almas. Juntas constituyen un Espíritu. Los sufrimientos y las adversidades del Espíritu. Los sufrimientos y las adversidades del Espíritu, así como sus alegrías y su felicidad, son generados exclusivamente por él. Él es su propio juez. Ningún Espíritu puede juzgar o condenar a otro. Ni siquiera se le ocurre. De ahí que cada Espíritu posee todos los remedios para sus males.


El mundo de los Espíritus procedentes de las almas desencarnadas o desincorporadas se imbrica con el nuestro. Forma parte  del nuestro, así como el nuestro forma parte del suyo. Sin embargo, puesto que los Espíritus son producto de las almas de los hombres, no son más que lo que nosotros somos. Experimentan las mismas alegrías y las mismas penas. Viven lo que nosotros vivimos. Incluso tienen las mismas aspiraciones que nosotros, son felices o desgraciados como nosotros.

Y, al igual que nosotros, pueden ser solidarios o indiferentes. Existen varios grados de evolución en el mundo de los Espíritus al igual que en la vida humana.

Por último, para comprender los fenómenos y los principios que rigen el mundo de los Espíritus, basta con saber que proceden de los que gobiernan los ciclos y las leyes de la naturaleza sobre la Tierra.

Para descubrir más detalladamente la obra de Allan Kardec, se puede leer el Libro de los espíritus y el Libro de los médiums, en cualquiera de sus ediciones.