miércoles, 30 de junio de 2021

Las vidas anteriores

 

¿Tenemos una o varias vidas? ¿Estamos todos destinados a nacer, morir y renacer? ¿De dónde vienen las creencias en vidas anteriores?

Un cuerpo sin alma es algo monstruoso para nosotros. Tenemos miedo a la muerte y sobre todo a su representación física, material o espiritual. Solo hay dos perspectivas  que nos consuelan y nos hacen soñar: la supervivencia de nuestras almas después de su paso por la Tierra y los postulados de la reencarnación, tal como creemos conocerlos. En efecto, gracias a estas dos hipótesis esperamos y consideramos que nuestra alma se encarnará en este mundo y en otras épocas, que ya se ha reencarnado varias veces en el cuerpo de un hombre o una mujer y que adoptará todavía otras envolturas corporales después de la experiencia demasiado breve de nuestra vida actual. Sin embargo, dichas creencias son falsas.

REENCARNACIÓN Y METEMPSICOSIS

Ciertamente, desde la más lejana antigüedad hay testimonio de las creencias en los movimientos y desplazamientos del alma (metempsicosis), de la existencia del alma y su supervivencia fuera del cuerpo de carne y hueso. Se dan en civilizaciones diversas, entre muchas de las cuales no ha habido ningún contacto, transitará o relación. Para los hombres de la antigüedad (sumerios, egipcios, hebreos, griegos) o los doctrinarios de la teoría de la reencarnación (budistas, tibetanos, hinduistas) el alma está solo de paso en esta vida, viene de otro sitio, transitará al más allá y volverá, este ciclo de vidas sucesivas se considera una prueba, una condena eterna, una manipulación dirigida por dioses perversos, ángeles caídos y divinidades que han tomado poderes que no le pertenecen.

EL KARMA



Tanto para los hinduistas como para los budistas, lo que somos, nuestra existencia actual, el medio geográfico, social y cultural en el que nacemos, nuestras cualidades, debilidades, dones, limitaciones, nuestra parte del destino y la de la nuestro libre albedrío, está todo escrito en nosotros desde que nacemos y es el resultado de nuestros actos pasados, cometidos en vidas anteriores. De la misma forma, nuestros pensamientos y actos presentes están contados, están escritos en nosotros y condicionarán nuestra o nuestras vidas futuras, nuestra o nuestras siguientes reencarnaciones. Según esta teoría, es evidente que no estamos en esta Tierra por primera vez, pero también queda patente que existe una especie de Justicia inmanente que sopesa el bien y el mal realizados durante cada una de las reencarnaciones y nos gratifica o no, según el caso. Por otro lado, señalemos que la creencia en la resurrección de los cristianos está muy cerca de las doctrinas de la reencarnación, tal como se anuncian en el hinduismo. Así, la Logion (o sentencia) 41 de Jesús en el Evangelio según Tomás -del que sabemos ahora que se trata del Evangelio original donde se inspiraron los cuatro evangelistas- enseña "... al que tiene en su mano se le dará, y a quien nada tiene, hasta lo poco que tiene, se le quitará".

¿QUÉ ES EL KARMA?

Según el hinduismo, hay una "ley de la causalidad según la cual toda acción (karma) tiene una o varias causas y produce uno o varios efectos o frutos (phala)". Entonces, el vínculo entre karma y phala es comparable al de la causa y el efecto. No se puede evitar hacer el paralelismo entre este principio del karma y una ley física enunciada por Newton, según la cual "la acción y la reacción son iguales y opuestas y van siempre juntas". No hay que decir que después de esta ley, se concibió y fabricó el motor a reacción. El concepto de karma también se puede asociar a la idea de pecado, tan popular en la cultura judeo-cristiana -y que como sabemos actualmente proviene de unos relatos mitológicos mesopotámicos-, y al principio de la herencia genética y psicológica, demostrada por la ciencia moderna. En efecto, en todos los casos, aparece la idea de un capital o potencial adquirido. Del mismo modo, para el astrólogo, el karma o el destino de un ser está escrito en su carta astral. Ahora bien, si está escrito en sí mismo, tiene que salir de algún sitio. Para las teorías de los hinduistas está todo claro: "Según la ley del karma, todo lo que nos afecta hoy, para bien o para mal, es el producto de un encadenamiento de causas de las que hemos sido más o menos responsables, un encadenamiento que empezó incluso antes de nuestro nacimiento en esta vida. Y, asimismo, todo lo que hagamos hoy, tendrá sus consecuencias, sea en esta vida, sea en una o varias vidas futuras", ha escrito el estudioso del hinduismo Jean Herbert.

¿QUÉ PODEMOS HACER CON NUESTRAS VIDAS ANTERIORES?


¿Debemos especular sobre nuestras vidas anteriores o futuras?

Recordemos a la mujer de Lot, el sobrino de Abraham, que se instaló en Sodoma en el valle del Jordán, con su marido e hijos. Huyendo de esta ciudad y desafiando los consejos de su marido, que había sido advertido por el ángel de Yahvé, la mujer se giró para ver Sodoma en llamas y se convirtió en estatua de sal.

A partir de esta leyenda obtenemos la conclusión de que nunca es bueno para el hombre o la mujer recrearse en su pasado.

Aun temiéndolo, se trataría tan solo de nostalgia. Por otro lado, si la noción de karma implica que todo lo que fuimos en el pasado está escrito en nosotros, entonces, todo el bien que hemos hecho y el mal que hemos cometido, lo que somos hoy es una síntesis viviente de todo ello.

 

miércoles, 23 de junio de 2021

El cuerpo astral

 

Remitiéndonos a las fuentes de la creación del cuerpo astral, nos encontramos con la primera aparición del ángel

A menudo oímos a algunas personas hacer alusión a su cuerpo astral que, según sus testimonios,  y los tiene la facultad de separarse de su cuerpo físico y desplazarse en el espacio, a veces, incluso, en el tiempo.

Algunos también pretenden que tienen la capacidad de utilizar su cuerpo astral cuando quieren, simplemente poniéndose en condiciones de hacerlo. Otros, con los pies más en el suelo, sonríen o se burlan de esas afirmaciones, que no se toman en serio.

Pero muchos creen en este tipo de experiencias, aunque no las hayan vivido. Según un sondeo hace algunos años, el 57% de las personas preguntado creía en la existencia de un cuerpo astral y el 82% de ellas estaba convencido de que hay misterios que la ciencia nunca conseguirá resolver ni explicar. Lo creamos o no, debemos admitir que, desde siempre, el hombre sueña a menudo que vuela como un pájaro -se trata de un sueño recurrente y al mismo tiempo común a todos y que tenemos al menos una vez en la vida-, y los hombres voladores siempre han frecuentado nuestra imaginación.

Y aunque, hoy en día, nos haga sonreír el ver en viejas copias de películas de principios de siglo XX a hombres que, identificándose con Ícaro, se tiran desde lo alto de edificios o de montañas, encaramados en un complicado aparato provisto de alas para intentar volar, al mismo tiempo no hemos parado hasta ver realizada la hazaña de construir máquinas elaboradas con una tecnología de lo más sofisticado. Estas últimas no nos permiten realmente volar con nuestras propias alas, pero de todas formas, nos permiten volar y desplazarnos a velocidades impensables, desde un punto a otro del planeta, en un tiempo relativamente corto. Y lo que es más, hemos visto volar tantas veces a Superman o a Batman en las pantallas de cine y de televisión, que casi no nos sorprendería ver volar a un hombre realmente sobre nuestra casa o ante la ventana de nuestro hogar situado en el décimo piso de una torre de hormigón. Por lo tanto, pensándolo bien, la existencia de un probable cuerpo astral  no nos parece tan inverosímil.


¿DE DONDE VIENE LA CREENCIA EN UN CUERPO ASTRAL?

Probablemente las fuentes de la creencia en el alma, en la muerte y en el renacimiento, residan en la cábala, en algunos textos del Talmud de Babilonia en primer lugar y luego en el Sefer ha Zohar, más conocido por la sencilla apelación Zohar o Libro del esplendor, que data del siglo XIII de nuestra era. En las obras de los cabalistas descubrimos la noción de tselem o cuerpo astral, una esencia espiritual que todo hombre nacido en este mundo y que vive en la Tierra posee. Según estas nociones y creencias propias de los cabalistas, durante la concepción del feto por parte de la mujer, es decir, en la vida intrauterina, el ser que va a nacer será capaz de "ver" su futuro cuerpo, es decir, la cubierta corporal en la que su alma se encarnará.

Existirá y subsistirá después como una especie de sosia espiritual, que sería el semejante idéntico de su cuerpo físico y temporal. Este cuerpo astral, entonces, será el modelo divino sobre el cual el futuro ser realizará su propio cuerpo humano.

DEL CUERPO ASTRAL AL CUERPO DEL ÁNGEL


Así es como algunos seres, tal vez más iluminados que otros, o sencillamente porque su visión de la realidad estaba fuera de la normalidad y era diferente de la que todos tenemos en común, fueron dotados de la capacidad de ver lo que entonces se denominó cuerpo de luz, cuerpo divino, cuerpo glorioso y, finalmente cuerpo astral.

Señalemos que la creencia en la existencia de ángeles se basa en este mismo principio.

En efecto, algunos seres que han vivido la aparición o la revelación de este sosia o doble luminoso de su propio cuerpo físico a plena luz, no en sueños -sosia con capacidad para desplazarse en el espacio en total libertad-, vieron en él el rostro y el cuerpo del ángel tal como se lo imaginaban.

Los testimonios de seres que han tenido experiencias extraordinarias se van confirmando a través de los siglos, así los occidentales de la Edad Media creían en la existencia real, o más exactamente supra-real, de ángeles que vivían en otra dimensión, en otro cielo intermediario entre Dios y los hombres, y que desempeñaban el papel de mensajeros de la palabra divina, de protectores y de iniciadores de hombres y mujeres.

Por eso, el cuerpo del ángel y el cuerpo astral hacen uno solo, y el ángel no es otra cosa que nuestro sosia, nuestro doble, nuestro modelo divino. Según los cabalistas, cuando contemplamos el ángel, nos estamos contemplando nosotros mismos.

Ahí encontramos una creencia común a todas las civilizaciones y religiones del mundo: este mundo es un producto de nuestra visión, de la mirada que proyectamos sobre el mismo. Desde el momento en que dejamos de verlo, ya no existe.

Pero, entonces, es lícito que nos preguntemos: si este mundo no existe, ¿qué es lo que existe? Para los cabalistas la respuesta es: no hay ninguna diferencia entre un soñador y su sueño. Forman uno solo. Tal como dejó escrito el novelista Thomas Mann: "Podría ser que la acción de soñar formara un todo donde el sueño y su interpretación resultan inseparables; y el soñador y su sueño solamente son distintos en apariencia, en realidad, son intercambiables y hacen uno solo, puesto que ambos forman un todo".

LA CONSTITUCIÓN DEL CUERPO ASTRAL

Según la antigua tradición, el cuerpo humano está compuesto de tres cuerpos: el cuerpo físico, el cuerpo etéreo, constituido de cuatro éteres o fluidos sutiles, y el cuerpo astral. Este último estaría formado de una cubierta ovoide difusa, presa de torbellinos incesantes, remolinos fulgurantes que a veces se aceleran, según los pensamientos, sentimientos, emociones, deseos y humores del ser en cuestión. Tendría 7 puertas de percepción, que se sitúan exactamente en los puntos de los chakras.


miércoles, 28 de abril de 2021

La reencarnación a través de los tiempos: el budismo y el fin del deseo, del sufrimiento y de los renacidos

 

El deseo engendra sufrimiento. Abolir el deseo es eliminar el sufrimiento. Y cuando desaparece el sufrimiento se vence el deseo de renacer.


Cuando Buda nació en la India, en el siglo VI antes de nuestra era, la jerarquía de las castas se encontraba en pleno apogeo, con todas las desigualdades, injusticias sociales, económicas, humanas y los excesos que ésta conlleva. Algunas de ellas todavía existen actualmente.

En efecto, si aplicamos la ley de la transmigración de las almas de forma sucinta y esquemática a la vida social y pública de los hombres, haciendo intervenir las nociones de poder y privilegio, queda patente lo fatal de que se engendren desigualdades flagrantes, justificadas por creencias que algunos siempre han aprovechado para imponer sus leyes, sus deseos y satisfacer sus ambiciones, sin tener en cuenta las necesidades de los demás. En la India y en Asia, así como en Occidente y en todas partes, la corrupción de ciertas ideas potentes que pudieran aligerar el peso de la existencia de los hombres fue moneda corriente.

LOS 3 ELEMENTOS FUNDAMENTALES QUE RIGEN EL NACIMIENTO DE UN SER

No vamos a contar la vida de Buda, cuyo relato histórico se mezcla con la leyenda, sino lo que su advenimiento revela y aporta en las concepciones "reencarnacionistas", que tanto atraen a los occidentales  hoy en día.

Nos fijaremos primero en un punto concreto que, aunque a menudo se ha dejado de lado, nos parece de la mayor importancia en una época en que manipulando los genes de embriones humanos nos atribuimos el derecho de poder escoger incluso el seo del bebé que nacerá, esto cuando no nos planteamos generar seres con un patrimonio genético totalmente idéntico.

Así, según el budismo hay tres elementos primordiales que rigen el nacimiento de un ser: los embriones que, por una parte, son los espermatozoides y, por otra, los óvulos, pero todavía hay un tercer embrión del todo impalpable, y que ningún científico ha logrado aislar, y con razón. Este embrión invisible se considera, podríamos decir, un embrión kármico, es decir, portador de este conjunto de factores que determinan, o más exactamente, que en un ser determinarán las consecuencias, buenas o malas, según el caso, que deberá sufrir durante su próxima vida o reencarnación, a causa  de los actos, también buenos o malos, que cometió en el pasado en reencarnaciones anteriores.

De manera que si nos referimos a esta creencia Budista, inspirada en un mito hindú, se trata de un factor que siempre escapará a los genetistas: el gandharva, lo que aquí llamamos embrión kármico y que, en la India, primero fue entendido como divinidad reveladora de los secretos celestes y de la verdad divina.

Apsaras o divinidades femeninas

Originariamente, en la India, los gandharvas formaban un conjunto de divinidades, de las cuales no todas eran benévolas. Algunas podían ser demonios: "Así pues, los gandharvas, que a menudo se llaman los músicos celestes y su representación, con las apsaras (divinidades femeninas y ninfas celestes), en el cielo, por encima de los Dioses encarnados, tienen un papel complejo. Por una parte, bailan, cantan y tocan varios instrumentos para placer de los Dioses; son hábiles médicos y tienen cierta influencia en el movimiento de los planetas. Por otra parte, a menudo se les asocia con los peores asuras (demonios); emboscados en las palmeras, a veces se arrojan sobre los humanos y penetran en ellos, de manera que es extremadamente difícil practicar su exorcismo". cuenta el estudioso del hinduismo Jean Herbert.

Asuras o demonios

Como vemos , a partir de una creencia en ciertos espíritus, benéficos o maléficos, capaces de entrar en el cuerpo de un hombre o una mujer  en cualquier momento, pero sobre todo cuando estos últimos se sienten débiles y ansiosos por apoderarse de ellos -creencia que encontramos en todas las religiones de la Antigüedad y más antiguas todavía-, el budismo ha terminado por unirse a una especie de interventor misterioso que rige los renacimientos cada vez que un hombre y una mujer engendran un ser humano en la Tierra.

Según la doctrina búdica, se trata del mismo elemento que interviene en el instante de la muerte, separando los espíritus de la Tierra (que vuelven al Cielo).

LOS 4 PRINCIPIOS DE LA LIBERACIÓN DEL ALMA


Pero, siempre según esta creencia, el hombre está sometido al flujo de los renacimientos perpetuos y parece condenado a nacer, vivir, sufrir, morir y renacer hasta el infinito.

Para escapar a ello, valga la expresión, Buda enunció Cuatro Nobles Verdades, que enumeran 4 grandes principios,los cuales favorecen el advenimiento de la liberación del alma humana o del espíritu, que dejaría de ser condenado a verse arrastrado a la rueda de los renacimientos.

La primera Verdad es la llamada Duhkha o verdad del dolor. Demuestra que la vida en la Tierra es solamente una suma de sufrimientos e insatisfacciones: se sufre el día que se nace, se sufre por enfermedad y se sufre el día de la muerte. Nuestros cinco sentidos nos hacen sufrir, puesto que todos conocemos la privación, la falta, la separación, el hambre, la sed, el frío, etc.

La segunda Verdad es la que se llama Samudâya o verdad de la aparición del dolor. Revela que la causa de todos los sufrimientos se encuentra en el deseo, que busca satisfacciones, las cuales engendran nuevos deseos, y así sucesivamente en un encadenamiento interminable que condena a los seres al samsâra o ciclo de renacimientos.

La tercera Verdad es la llamada Nirodha o verdad del cese del dolor. Es la demostración de que la eliminación del deseo en todas sus formas pone fin al sufrimiento y a todos los sufrimientos humanos.

La cuarta Verdad es la llamada Ashtangika-Mârga o Noble Sendero Octuple, que los budistas llaman sencillamente la Vía o el Sendero y que da accesibilidad a los 8 caminos que permiten al hombre librarse definitivamente del sufrimiento.

Estos 8 caminos son:
  • la comprensión perfecta de las Cuatro Verdades Nobles,
  • el pensamiento perfecto o voluntad de renuncia y benevolencia,
  • la palabra perfecta o voluntad de no mentir nunca, 
  • la acción perfecta o voluntad de actuar bien y por el bien,
  • los medios de existencia perfectos o voluntad de no perjudicar jamás a los demás seres vivientes,
  • el esfuerzo perfecto o voluntad de cultivar en uno mismo lo que es sano,
  • la atención perfecta o voluntad de estar atento a todo lo que pasa en uno mismo, tanto en el propio cuerpo como en el espíritu,
  • la concentración perfecta o voluntad de recogerse.


miércoles, 21 de abril de 2021

La reencarnación a través de los tiempos: el hinduismo y la transmigración de las almas


Renacer eterna o infinitamente en la Tierra hasta que ésta desaparezca es un poco lo que propone la doctrina hindú.


En la India -una de las cunas de nuestra civilización junto con Sumeria, en Mesopotamia, y Egipto- es donde encontramos la más bella, la más inspirada y tal vez también la más antigua creencia en la reencarnación. Se concreta en la noción de samsâra, que significa literalmente "migración", y constituye el ciclo perpetuo, pero no eterno, de la vida, entendido desde el nacimiento al renacimiento, pasando por supuesto por la existencia y la muerte física.

De este  ciclo, según la doctrina  hindú, no escapa ningún ser viviente de la Tierra. Vida después de la vida, los hombres son sometidos a dicho ciclo mientras no son conscientes de que hacen uno solo con Brahmâ, dios creador del universo y de la vida, el equivalente de Yahvé para los hebreos, que no debemos confundir con "brahman", que es un principio de absoluto, una representación de lo que en Occidente llamamos el Todo, es decir, la Realidad suprema, inmutable, eterna y no dual, que no puede ser concebida ni percibida intelectual o racionalmente. Con el Aleph encontramos, de nuevo, un principio equivalente en la cábala.


LAS FUENTES DE LA CREENCIA EN LA TRANSMIGRACIÓN DE LAS ALMAS

¿Cuántos hombres y mujeres creyeron que no estaban en la Tierra por primera vez, que ya habían vivido y que volverían a vivir en ella? Es algo que nos cuesta imaginar. Y sin embargo, como siempre en la historia de la humanidad, en la que casi siempre todo se explica de forma sencilla, hubo un acontecimiento, una  circunstancia, un fenómeno que se produjo en algún momento y que fue el origen de las bases mismas de esta creencia.

En efecto, nuestros antepasados siempre tuvieron buenas razones para creer en ello.

Al preguntarnos sobre el tema, de entrada observamos que la noción de karma -es decir, el acto físico o psíquico, siempre según el hinduismo-, tal como nosotros los occidentales la percibimos y tal como fue integrada en nuestra interpretación de la transmigración de las almas y en nuestras propias creencias en la reencarnación, no tiene nada que ver con la admitida en la India.

De manera que el karma, en sus orígenes, no estaba en absoluto relacionado con eventuales renacimientos. En los Vedas no se hace ninguna alusión a la reencarnación ni al ciclo del nacimiento, de la vida, de la muerte y del renacimiento. Ahora bien, los Vedas son los textos más antiguos de la India arcaica. Los primeros datan aproximadamente del año 1600 antes de nuestra era. Los 7 Rishis, es decir, los videntes, visionarios, profetas, santos y poetas que, según la leyenda mítica hindú, tuvieron la revelación de los Vedas y fueron sus autores inspirados, componían los himnos y los mantras de los Vedas -nombre que, en sánscrito, significa "saber, doctrina sagrada".

Al mismo tiempo, en Sumeria aparecían los primeros tratados adivinatorios y nacía la hemerología, es decir, la adivinación a través del calendario de días fastos y nefastos, y los egipcios colocaban las bases del Libro de los muertos, el libro sagrado de todo el antiguo Egipto. En estos primeros textos sagrados de la India, pues, el karma se considera el acto o conjunto de actos que se cumplen, de los cuales derivan, evidentemente, consecuencias inevitables. Pero en ningún sitio se hace mención al "precio a pagar", según la noción tan apreciada por los occidentales.


En realidad, habrá que esperar hasta el siglo VIII antes de nuestra era aproximadamente, es decir, casi ocho siglos, para presenciar la aparición de un nuevo principio: el encadenamiento de causas y efectos que producen los actos p, si se prefiere, el hombre y sus actos, que hacen uno solo. Aunque celebre sacrificios a los dioses y se aplique mil y una penitencias, la causa produce em él el mismo efecto, nada cambia jamás. ¿Si los dioses no pueden hacer nada para salvar al hombre, quién sino él mismo podrá hacerlo obrando, actuando y comportándose de manera que pueda abandonar este ciclo infernal e infinito de nacimiento, vida, muerte y renacimiento?

Pero fue sobre todo entre los siglos V y II de antes de nuestra era cuando los poemas de la Bhagavad-Gita o el "canto del bienaventurado señor" -el texto que podemos considerar el equivalente a los evangelios de los cristianos para los hindúes- revelaron e hicieron popular un principio filosófico esencial en la creencia en la reencarnación: no son los actos  mismos los que obligan al hombre a nacer, vivir, morir y volver a nacer infinitamente, sino el apego de éste a sus propios actos. Por eso, para liberarse del apego a sus actos y salir del samsâra o de la migración de las almas arrastradas hacia la rueda de los renacimientos, el hombre debe alcanzar el samâdhi, un estado de conciencia superior que puede obtener concentrando su espíritu sobre un objeto con el cual se identifica. Sin embargo, para los hindúes, esta concentración no se mueve por una voluntad activa con el fin de fijarse en un punto concreto. Se trata más exactamente de un estado de fusión natural entre el hombre y el objeto en cuestión, que no forman sino uno solo. Por ello, el ser que actúa a partir de una necesidad vital y natural, que hace lo que debe o lo que se debe hacer en el momento oportuno y adecuado, sin fijarse ni apegarse a sus actos -así como el viento tiene la propiedad de soplar, la lluvia de caer del cielo, los ríos de fluir hacia el océano, el Sol de brillar y la Tierra de girar, por ejemplo-, es samâdhi, según los hindúes. Samâdhi es, pues, una especie de perfecto estado de ósmosis.

 NOSOTROS Y LA REENCARNACIÓN

Por tanto, cuando tendemos tan a menudo a creer, a esperar, a querer otra vida, una siguiente vida sobre la Tierra, cuando estamos tan dispuestos a contar historias, aventuras y desventuras de nuestras vidas anteriores, en que nos imaginamos, evidentemente, en situaciones más bien agradables, o en la piel de personajes más bien simpáticos o que destacan, estamos totalmente fantaseando.

Puesto que, según la doctrina hindú. nacer, morir y renacer forman juntos un ciclo infernal que debemos más bien considerar un castigo, no un regalo. Es un regalo de la vida en la medida en que se nos está dando la oportunidad de salir de tal círculo. Pero "manosearlo" deja ver la ignorancia de quien lo hace, y esperar o querer renacer se considera una locura.

Solo aquellos que tienen una misión que cumplir en la Tierra, la de abrir los ojos de los ignorantes, pueden disfrutar del hecho de renacer. Los demás son prisioneros que adoran sus propias cadenas.

miércoles, 14 de abril de 2021

La reencarnación a través de los tiempos: de la Antigüedad a la Edad Media

 

De la creencia en la reencarnación a la fe en la resurrección, los hombres de la Antigüedad siempre creyeron en la inmortalidad del alma.

En una época en la que los medios  tecnológicos que posee la medicina moderna deberían permitir a esta última, y a los que supuestamente la encarnan o la utilizan, ser más humanos que nunca, atentos, benévolos y comprensivos, al mismo tiempo nos damos cuenta de que, a fuerza de querer combatir la enfermedad y la muerte, acabamos olvidando que es el hombre quien está enfermo, sufre y muere, no unas entidades abstractas y externas a la vida del hombre, sino que son parte integrante del mismo ser y de la vida. Así, plantearse la reencarnación no tiene nada de absurdo. Al contrario, es una buena manera de enfocar la muerte, por decirlo de alguna forma, o más exactamente, desde otra perspectiva, de enfocar lo fatal para todos nosotros. Tenemos el derecho de preguntarnos por qué un fenómeno tan vital -sin pretender hacer ningún juego de palabras-, inevitable, en todo caso, común a todo el mundo, al igual que muchas otras necesidades vitales, a las que están obligados a someterse toda mujer y todo hombre, se tiene en tan mal concepto, es tan incomprendido y mal integrado en nuestras sociedades modernas, aunque no está precisamente oculto. Nuestros antepasados se plantearon la misma pregunta, pero en primer lugar la abordaron, como siempre, intentando encontrar respuestas coherentes y en armonía con la naturaleza, su naturaleza, su historia y su vida. Y cada vez que se enfrentaban con lo desconocido o se encontraban en la frontera entre lo que podían dominar y lo que superaba su entendimiento, utilizaban la magia, los dioses y las fuerzas secretas de la vida. Los ritos y rituales que hoy atribuimos irónicamente a supersticiones de un tiempo pasado, oscuro e ignorante, en aquel tiempo servían de exorcismos o catalizadores de sus pasiones, tensiones y angustias.

La muerte siempre ha enfrentado al hombre con lo totalmente desconocido, con lo inexplicable y, consecuentemente, con el vacío, la nada y, por supuesto, las angustias irracionales e irreprimibles, que estas perspectivas y conceptos provocan en él sin pretenderlo. Al afirmar que a la naturaleza le horroriza el vacío, el hombre se ha identificado con ella, ya que es él mismo quien no soporta la sola idea del vacío. Entonces, de una forma u otra, hubo que dar vida a la muerte. ¿Y qué mejor medio para volver la muerte más real, más accesible, menos aterradora, que sacralizarla, concederle un ritual, incluso darle un nombre, un rostro, personificarla y divinizarla, e incluso situarla en el espacio y en el tiempo?

DE LA REENCARNACIÓN A LA RESURRECCIÓN

Así pues, desde la Antigüedad hasta la llegada del cristianismo,el concepto de la supervivencia del alma y de la vida eterna, de otra forma de vida distinta a la que se conocía en la Tierra y que se prolongaba más allá del umbral de la muerte, de donde nadie había vuelto físicamente -evidentemente, existen otros testimonios de la supervivencia del alma y del espíritu, pero no es a éstos a los que nos referimos en este momento-, ha evolucionado poco a poco, desde la noción de reencarnación hasta la de la resurrección, tan utilizada por los cristianos.

De manera que, para los chinos de la Antigüedad, el hombre poseía dos almas. Hun, la primera, era un principio celeste. Volvía, pues al cielo después de la muerte. Po, la segunda, era esencialmente terrestre. Volvía a la tierra. Los egipcios daban a la supervivencia del alma una interpretación bastante similar,puesto que, según ellos, después de la muerte física, el ka, el doble,la sombra o el espíritu difunto, se separaba de ha, el alma, que se representaba en forma de pájaro, cuya cabeza era sustituida por la del muerto. El ka volvía, pues, a la existencia física y material, mientras que el ha volaba hacia el otro mundo. Pero, tanto uno como otro, eran eternos.

Según los sumerios de Mesopotamia, después de la muerte, el difunto permanecía en Kur, la montaña o el país extranjero, que era de hecho el reino de los infiernos, donde llevaba una existencia muy parecida a la que tenía en la Tierra, pero donde debía vencer a siete dioses infernales para poder seguir viviendo tranquilamente. Más tarde, los caldeos, que hicieron de la astrología un verdadero culto religioso, creían que el alma del difunto tenía que superar siete pruebas en las siete esferas planetarias, antes de acceder a la vida eterna. Sin duda, fue inspirándose en el Kur de los sumerios como los hebreos imaginaron el Schéol, al cual se refiere el Libro de Isaías (XIV, 9-11) y los Salmos (Ps. 88, 6). Sin embargo, al contrario de los habitantes de Mesopotamia, no creían en la inmortalidad del alma, excepto los cabalistas, que según la idea del gilgoulim, se planteaban una revolución o un retorno de las almas.


En cambio, los griegos sí creían en ella. También inspirándose en el Schéol de Israel y en el Kur de Sumeria, hicieron del Hades el lugar donde todas las almas iban a parar hasta que, tal vez bajo la influencia hindú de creencias en la reencarnación, en el siglo VI antes de Jesucristo apareció el mito de Orfeo, que ejerció seguramente una profunda influencia en el cristianismo primitivo. Según este mito, por amor a Eurídice, su esposa difunta y, por consiguiente, prisionera de Hades, Orfeo descendió a los Infiernos con el fin de liberarla. Después de haber superado muchas pruebas, lo consiguió. Así, simbólicamente, Eurídice puede considerarse una representación del alma de Orfeo, a quien salvó de la muerte por amor. A partir de este mito, se constituyó toda una teología y nació en Grecia una verdadera religión iniciática: el orfismo. Luego vino la Resurrección de Cristo en Pascua, que se convertiría en uno de los fundamentos del cristianismo. "Si no hay resurrección para los muertos, tampoco Cristo ha resucitado, entonces nuestra proclamación está vacía y vacía también vuestra fe", dirá San Pablo en la Primera carta a los Corintios (1 Co 15, 13-14). En efecto, resurrección deriva del latín resurgere, que significa "resucitar". Al levantarse de entre los muertos, Cristo se libra de la muerte y encarna la llegada de una vida nueva.