jueves, 7 de septiembre de 2017

La alquimia. De la Tabla Esmeralda a la Obra negra


Intentar encontrar las raíces del nombre que se empleaba específicamente para designar la transmutación de metales, y que en el lenguaje corriente lo hemos adoptado para referirnos a cualquier tipo de transformación profunda, misteriosa y secreta, es perderse en un laberinto de hipótesis y especulaciones.
 En efecto, el foco original de este nombre, sin duda mucho más antiguo de lo que podamos pensar, tal vez procedente del griego khymos, que significa "jugo", que ha dado khymeia, "mezcla", o bien del griego khemia, que significaba "magia negra", derivado del copto shame, "negro", que designaba a los egipcios, los cuales pasaban por ser los maestros del arte de la alquimia, parece de hecho de origen árabe. Al kimia' sería, pues,  el término árabe para designar la alquimia, es decir, literalmente, el gran secreto, pero también el nombre árabe de la Piedra filosofal. Algunos especialistas en estas ramificaciones de la lengua, y sus formas múltiples, han visto efectivamente la raíz kama, que significa "guardar en secreto". Otros vieron también una raíz común con 'al-'iksir, el elixir.
Finalmente, para completar este análisis, debemos citar a los que, abreviando el camino, no sin fundamento, pretenden que el nombre original de alquimia, a través del griego, que a su vez es derivado del copto y del hebreo, y tal vez también del akkadio, simplemente vendría de Egipto. Es cierto que el shame copto, al que ya hemos hecho referencia, provenía del jeroglífico que designaba la tierra negra y cenagosa del valle del Nilo, que ha dado su nombre en egipcio, es decir, kem, de kemi, el negro. Inmediatamente, vemos el parecido entre 'al kimia, la Piedra filosofal según los árabes, y el kemi, según los egipcios.

LA OBRA NEGRA, DE LA EDAD MEDIA AL RENACIMIENTO

El "Negro", tal como se entiende en alquimia, es además el último estadio de la realización de la Gran Obra, que a su vez comprende tres obras: la Obra blanca, la Obra roja y la Obra negra.
Ahora bien, debemos comprender que la alquimia se consideraba tanto una ciencia, con todos sus experimentos y las aplicaciones que ello implica, como una filosofía. Sin embargo, actualmente, la búsqueda de los alquimistas nos parece tan utópica que tendemos a ocultar su aspecto científico, es decir, la tarea que llevaba a cabo el iniciado en su laboratorio, sometiéndose a reglas, métodos, leyes estrictas y rigurosas. Sin embargo, a partir del siglo XIII, en que asistimos a un verdadero reconocimiento de la alquimia en Europa, la cual goza del entusiasmo de muchos intelectuales de Occidente durante la Edad Media, hecho que ya no decaerá hasta la llegada de la ciencia moderna, el alquimista trabaja sobre todo, y con tenacidad, dentro de su laboratorio. Y es en esta búsqueda de la Gran Obra y pasando por todas las fases de la transmutación de metales, que posiblemente le permitirían encontrar la Piedra filosofal, es decir, haciendo dicho camino, pone su arte, su ciencia y sus investigaciones al servicio de la metalurgia, de la medicina, de la física y de la vida.
Así es cómo los orfebres, herreros, boticarios, incluso médicos, aunque no sean alquimistas, con frecuencia están relacionados con alquimistas, que, con el pretexto de experimentar con la transmutación de metales y con la posible perspectiva de conseguir algún día fabricar oro en el laboratorio, descubren mecanismos y procesos naturales, establecen fórmulas y procedimientos, algunos de los cuales, por ejemplo, aplicados al cuerpo humano, pueden tener efectos salvadores y saludables sobre la salud del hombre y de la mujer. En este sentido, está claro que el alquimista, encerrado en su laboratorio -a menudo situado en los monasterios- pero que, de 1270 a 1320 aproximadamente, por consiguiente, durante medio siglo, fue perseguido por la Iglesia y la Inquisición, como lo fueron indiscriminadamente los asesinos, los curanderos, los juglares o los médicos, es el ancestro del investigador o sabio que actualmente trabaja en su laboratorio.
No es de extrañar por tanto que en algunos lugares haya perdurado la célebre expresión "esto huele a azufre" para designar una situación que no nos parece conforme a las reglas y a las leyes, puesto que, poco a poco, los trabajos de los alquimistas perturban el orden establecido, que en aquel tiempo era sobre todo el de la Iglesia, como es bien sabido.
Además, también sabemos que, como siempre, aparecieron entre los alquimistas muchos charlatanes e impostores que, con la excusa de "hacerse de oro" -otra expresión que ha entrado en el lenguaje corriente-, fabricaban monedas falsas. Había que poner orden, lo que hizo el Papa Juan XXII por decreto, en 1317. Pero sobre todo durante el Renacimiento fue cuando la alquimia tuvo un auge extraordinario, al mismo tiempo que vemos un resurgimiento de la cábala y de los mitos de las civilizaciones antiguas, todo ello lo percibían los hombres del siglo XVI desde un punto de vista sintético y místico, que llevará, paradójicamente en apariencia y, en verdad, lógicamente, a una interpretación científica y mecánica del mundo y de la vida, que es la de hoy en día.

LA TABLA ESMERALDA

La Tabla Esmeralda, al igual que las Tablas de la Ley del judaísmo, transmite a los alquimistas una reglas que deben respetar.

Remontándonos aún más en el tiempo, encontramos un texto mítico, legendario, del que existe una versión bien real, sin que estemos muy seguros de los escritos que lo han inspirado, y que se considera la biblia de los alquimistas. Este texto se llama la Tabla Esmeralda. Su redacción se atribuye a un autor griego desconocido, que a su vez se habría inspirado en un texto egipcio, o tal vez babilónico, no se sabe, puesto que se han hecho diferentes interpretaciones al respecto.
En todo caso, nacieron muchas versiones de este texto corto, escritas en árabe y a menudo contradictorias en su contenido, entre los siglos XI y XIV; pero la más antigua sigue siendo un texto escrito en lengua siria, de unas veinte páginas, que data del año 934. La versión traducida a latín no se imprimiría hasta el siglo XVI, en pleno Renacimiento. Empieza así:
"Las palabras de los Secretos de Hermes, escritas en una Tabla Esmeralda que sostenía entre sus manos y descubiertas en una oscura cueva donde se encontró su cuerpo inhumado: Es verdad, sin mentiras, cierto y muy verdadero: Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para hacer los milagros de una sola cosa."


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